Por Julio de la Vega-Hazas Ramírez*

MADRID, sábado 4 de junio de 2011 (ZENIT.org).-
Laastronomía y astrofísica no pueden por sí mismas demostrar ni la existencia nila inexistencia de Dios. Su método empírico se lo impide. Pero una cosa es laastronomía, y otra el astrónomo. Éste puede reflexionar a partir de su ciencia–lo cual, se dé cuenta o no, le hace salir de la misma y entrar en terrenofilosófico–, y, como ser humano, tiene sus creencias y sus ideas. Tiene supropia cosmovisión, en la que las distintas teorías astronómicas encajan mejoro peor. Por eso, hay teorías que, por lo que se ve, aunque no demuestran nadaal respecto inclinan a pensar en un Dios creador o en un universoautosuficiente que no necesita de ser trascendente alguno. Aquí hay untrasfondo que condiciona, más de lo que parece, la información que se da sobreestas materias.
Cuando Einstein publicó su teoría de la relatividad, todo el mundo científicopensaba en un universo estático, que de por sí existiría “desde siempre” yduraría indefinidamente. Einstein lo concibió como limitado en tamaño, peroseguía siendo estático. Georges Lemaître, un astrofísico belga que desarrollabalas teorías de Einstein, fue el primero que empezó a hablar de un universo enexpansión, lo que Einstein no aceptaba. Y, en 1931, en una conferencia quehabía sido invitado a dar en Londres, Lemaître dio un paso más, proponiendo queel universo se expandía de un punto inicial, que denominó átomo primigenio.De inicio no se aceptó muy bien en la comunidad científica. En una entrevistaradiofónica de la BBC, un prestigioso astrónomo y futuro premio Nobel, FredHoyle, la descalificó acuñando un término que sonaba despectivo: el BigBang. Durante varios años lo utilizaron los “estaticistas”, quienesrechazaban la nueva teoría.
Desde el principio la polémica tuvo resonancias que rebasaban el ámbito dela astronomía y entraban en el de las creencias. No parecía casualidad que Lemaîtrefuera, además de científico, sacerdote católico, Hoyle un ateo convencido, yEinstein se inclinara por un etéreo panteísmo. El mismo Lemaître encendió lamecha cuando, en su exposición, calificó su teoría como “el huevo cósmicoexplotando en el momento de la creación”. Años después, con los ánimos másserenos, la madurez científica de los protagonistas y el Big Bang cadavez más confirmado por los datos obtenidos –el último que faltaba tardó enllegar hasta los años 60–, los tres cambiaron. Lemaître dejó su teoría en supreciso lugar declarando que no podía considerarse una demostración de lacreación. Einstein pronto se rindió a la matemática del modelo de Lemaître yrectificó su propia teoría (calificó la constante que había introducido parapreservar el modelo estático como el gran error de su vida). Hoyle, por otrosderroteros, acabó por afirmar que el universo estaba tan ajustadamentesintonizado para permitir la vida inteligente que había que admitir una mentesuperior y trascendente.
Pero estas muestras de honradez intelectual no cambiaron el panorama generalen bastantes años. El modelo “dinámico” del Big Bang inclinaba aadmitir la creación divina, el “estático” a rechazarla. De ahí que, por reglageneral, los astrónomos ateos se aferraran al modelo estático. Conforme lateoría de Lemaître se precisaba (hoy se calcula que el Big Bang tuvolugar hace unos 13.700 millones de años) y se demostraban sus implicaciones, sebuscaron nociones que la hicieran compatible con un universo de duraciónindefinida. Esto cuajó en una visión según la cual el universo estaba encontinuo proceso de expansión y contracción: la concentración motivaría laexplosión, la gravedad volvería a contraer lo expandido; una especie detraslación al terreno astronómico del “eterno retorno” de los antiguos griegos,para quienes no cabían dudas de que el universo era eterno.
Los últimos descubrimientos no permiten sostener este modelo de continuaexpansión–contracción. El universo se expande aceleradamente, cuando para estateoría tendría que ser al revés, o sea, deceleradamente. Lo cierto es que no seencuentra hoy por hoy explicación a este fenómeno, pero no es menos cierto quela realidad es ésa. Un último refugio del estaticismo lo constituye la idea deque puede haber un número indefinido de universos, entre los que de algún modose compensen sus dinámicas para dar lugar a un resultado que “está ahí” desdesiempre. Pero esto ya es muy poco científico. No es que sólo conozcamos esteuniverso, es que no resulta posible conocer ningún otro, exista o no, por loque se trata de una teoría insostenible desde un punto de vista científico y,lo que es peor para sus defensores, resulta muy fácil advertirlo. Por estarazón se está diluyendo cada vez más este punto de vista, y se admite pacíficamenteel Big Bang –término que ya no se usa despectivamente en absoluto–. ¿Yantes de esos 13.700 millones de años qué había? Un “no se sabe” escientíficamente correcto y neutro en cuanto a las creencias, por lo que esaceptable para todos. Uno verá ahí la creación; otro, el punto inicial de unaevolución que por encontrar una explicación integral en la ciencia no necesitade la figura de Dios para dar razón de sí.
La cuestión de una visión cósmica que de alguna manera apoye la creencia enDios o tienda a desmentirla se tenía que trasladar a otro lado, y lo ha hecho ala cuestión de si hay vida extraterrestre, sobre todo vida inteligente. En laactualidad, los avances en la observación espacial y en el procesamiento de losdatos de esa observación permiten expandir nuestros conocimientos. La tierra,nuestro hogar, aparece cada vez más como un lugar minúsculo en el universo. Ennuestra galaxia, la Vía Láctea, se estima que hay entre doscientos ycuatrocientos mil millones de estrellas (no todas son detectables), y sólo esuna entre unos doscientos mil millones de galaxias. Parece un poco pretencioso,con estos números, afirmar que no hay más planetas habitables y no hay vidafuera de la tierra. Y, entre esa vida, en algún caso tendría que haber vidacompleja como la nuestra,
¿Qué significa eso? Para más de uno, y sobre todo para muchos divulgadoresde la ciencia –los científicos auténticos son más rigurosos– significa que secomprueba la falsedad de las religiones cuando colocan a la tierra o al sol enel centro del universo, que se hace difícil sostener que la creación ha sidohecha para el hombre, y que deja de tener sentido mantener la condiciónprivilegiada que tiene el hombre en su relación con Dios. Esto último esparticularmente importante con el cristianismo y el plan redentor divino quesostiene. ¿Habría que admitir que Dios se habría encarnado también en otro tipode seres inteligentes? Y si no es así, ¿por qué iba a resultar el hombreprivilegiado con respecto a otros seres posiblemente más inteligentes? De ahíque, quienes desean ver una ciencia que destruya la religión (sobre todo elcristianismo, y entre todo el cristianismo el católico en primer lugar), tenganverdadera prisa en que los descubrimientos confirmen su visión, y que aparezcavida. Se difunde así la creencia –porque eso es– de que esos hallazgos soninminentes, al menos los primeros indicios. No es raro que, al trasladarse algonuevo a la prensa, se distorsione la información en este sentido.
Podemos poner un par de ejemplos. En 2007 se descubrió agua en un exoplaneta(un planeta que orbita una estrella distinta del sol) conocido por lareferencia HD 209458b. Gran parte de la prensa dio la noticia como si por finse hubiera descubierto un serio candidato a la vida, pues se necesita agua parala vida; además, la estrella (HD 209458a) es parecida al Sol. Si se buscaba másinformación –o se tomaba uno la molestia de leer el detalle de la noticia,según los casos–, el paisaje cambiaba mucho. Se trataba de un tipo de planetaconocido como “Júpiter caliente”: una gran bola gaseosa algo menor que Júpiterorbitando tan cerca de su estrella que su año era de apenas tres días y medio.Su cercanía a la estrella producía una temperatura de unos mil gradoscentígrados en su superficie, y que perdiera masa proyectando gas al espacio.En ese gas se había detectado algo de agua gaseosa –el descubrimiento erahaberse podido hacer esa detección por primera vez–, pero el conjunto resultabaun entorno particularmente hostil a todo tipo de vida, tanto o más que, porejemplo, en un cometa, que suele contener mucha agua, en este caso en forma dehielo.
El otro ejemplo es el descubrimiento, en diciembre de 2009, del exoplanetaGJ 1214b. Fue presentado por sus descubridores como una “supertierra”, términoque designa planetas rocosos –o sea, como el nuestro– de mayor tamaño que laTierra, en este caso de masa unas seis veces mayor que la terrestre, y undiámetro dos y medio veces mayor. El que dijeran que es lo más parecido a laTierra descubierto hasta la fecha se tradujo en la prensa como el hallazgo deun planeta como la Tierra, lo cual no es lo mismo, e incluso que era posible oincluso probable que sostuviera vida. No se reparó mucho en que el tamaño de laestrella, mucho más pequeña que el Sol, convertía esa probabilidad en bastanteimprobable, pues para recibir la energía necesaria el planeta tiene que estartan cercano que gira presentando siempre la misma cara a la estrella –como laLuna respecto a la Tierra–, y se expone a llamaradas como las producidas por elSol, que tendrían un efecto mortífero al estar mucho más cerca los dos cuerpos.Pero, una vez pasadas las sensacionales –o sensacionalistas– cabeceras de losperiódicos, las críticas de la comunidad científica dejaron más en evidencia loafirmado a bombo y platillo. Con los datos que se aportaban, el planeta podíaser una supertierra, pero también podía ser un “minineptuno”, un planetagaseoso con núcleo rocoso, como Neptuno pero de menor tamaño (era posibletambién alguna otra configuración). Después se puso en evidencia que el anunciofue prematuro, aunque más tarde se confirmara. Todo esto da una cierta idea decómo la auténtica ansia por encontrar vida extraterrestre distorsiona conenorme facilidad las noticias que salen a la luz pública y puedan tener unamínima relación con el tema.
¿Pero qué sabemos en realidad de la vida extraterrestre? O, mejor dicho,puesto que todavía no se ha encontrado nada, ¿qué expectativas razonablestenemos de encontrarla? Es famosa la frase del físico nuclear Enrico Fermi,pocos años después de la última guerra mundial: “Si hay extraterrestres… ¿dóndeestán?” No se puede contestar con certeza, pero sí se puede decir que, conformela ciencia avanza, tendríamos que situarlos cada vez más lejos. Desde siempre,la imaginación humana ha situado la posibilidad de otros seres habitando losastros observados. Pero de entre todos los lugares posibles hay uno que hadestacado con mucha diferencia sobre el resto: Marte. Hace apenas un siglo, en1908, apareció un libro escrito por un divulgador científico: Mars as theAbode of Life (“Marte como un lugar de vida”) del norteamericano PercivalLowell. Desde el observatorio de Marte que se había hecho construir en Arizona,describía a Marte como un lugar de vida, con sus canales de irrigación con losque la avanzada civilización que allí vivía había convertido el planeta en unvergel. Los “canales” habían sido observados por el italiano Schiaparelli, perosin llegar a esas deducciones. El término italiano canali puedetraducirse al inglés tanto como channels como por canals,siendo la diferencia el que la primera palabra se refiere a accidentesnaturales, y la segunda a construcciones humanas. Lowell no dudó en utilizar lasegunda. La comunidad científica recibió el libro con bastante escepticismo,pero eso no obstó para que las tesis de Lowell se impusieran en la opiniónpública, y, lo que es más sorprendente aún, en la divulgación científica, quedespertaba el interés del público con los misteriosos canales. Ese mismo año sepublicó el artículo titulado The Things that Live in Mars (“Las cosasque viven en Marte”), del inglés Herbert Wells. Aunque sostenía que elcontenido, una somera descripción de flora y fauna marcianas, se basaba en elrazonamiento científico, se trataba de un escritor de ciencia ficción. Y loscientíficos no le tomaron en serio. Pero se hizo ilustrar el artículo por undibujante, y los dibujos de unos marcianos altos, flacos y verdes calaron hondoen lo que hoy llamaríamos el imaginario popular. Cuando en 1938 Orson Wellesdesató el pánico con una descripción radiofónica de la invasión marciana–sacada de una novela de Wells–, indirectamente dio buena muestra de loprofundamente que había arraigado en la gente la figura de los marcianos.
Toda esta visión se vino abajo a partir de 1965, cuando la primera sondaMariner –el Mariner 4– empezó a transmitir fotografías de Marte, seguida en losaños sucesivos por otras sondas Mariner y Viking. Marte era árido, sin rastrode vida, y el único “canal” encontrado fue un enorme cañón ramificado de 4.500kilómetros de longitud junto al ecuador marciano que en honor de la sondadescubridora ha recibido el nombre de Valles Marineris. De todasformas, los que esperaban encontrar vida no se han rendido. Marte es el únicoplaneta que está cerca, comparte con la Tierra bastantes propiedades favorablesal desarrollo de la vida, y permite ser explorado y analizado. Cualquierdescubrimiento que pareciera favorable se ha anunciado con grandes titulares;los contrarios, en letra pequeña o no se han anunciado. Así, por ejemplo,sucedió con un meteorito marciano descubierto en la Antártida en 1984(ALH84001), que contenía lo que parecía ser restos fósiles de unamicrobacteria. Ahora se tiene por algo no concluyente, y no sólo por laposibilidad de contaminación terrestre de la piedra, sino sobre todo porque laestructura hallada puede tener origen geológico y no biológico; aquí, como enotros lugares, el término “compuesto orgánico” se presta a equívocos, pues seaplica incluso a cualquier hidrocarburo incluido el más sencillo, el metano, unsimple compuesto de carbono e hidrógeno muy común en objetos siderales en dondeno hay vida ni la ha podido haber nunca (lo hay, por ejemplo, en Júpiter, y enTitán, satélite de Saturno, incluso llueve metano). También han merecidodestacados titulares las pruebas de la existencia actual de agua helada en elsubsuelo y de agua superficial en el pasado –aparte de la que queda hoy en lospolos–. Pero con menos énfasis se han anunciado resultados de análisis de suelocuyo resultado es muy desfavorable para albergar vida. El agua es necesariapara la vida, pero no suficiente. Lo cierto es que cada vez sabemos más deMarte, y no aparece rastro de vida por ninguna parte.
Fuera de la Tierra, Marte es, con diferencia, el lugar más apto para acogervida dentro de nuestro sistema solar. Venus, teóricamente en buena posición,es, con sus 500 grados centígrados de temperatura y cien atmósferas de presión,un lugar mucho más hostil, sin apenas esperanzas. Por lo demás, se han buscadolugares en los entresijos del sistema solar –sobre todo algunos satélites deJúpiter como Europa, cubierta por un oceano de agua bajo un casquete de hielo–,y los resultados por el momento han hecho las delicias de los geólogos, pero nohan dado nada a los biólogos. Las esperanzas de encontrar algún tipo de vidaelemental –los tipos más sofisticados están ya descartados– en el sistema solarse desvanecen.
Son los descubrimientos científicos los que han empujado a buscar esa vidafuera. Pero “fuera” es muy lejos. Las estrellas más cercanas son las tres queforman el grupo Alfa Centauro. La más cercana, llamada por eso Próxima (ProximaCentauri) es demasiado pequeña para tener esperanzas fundadas y no se lehan detectado planetas, pero, en cualquier caso, está a 4.2 años–luz denosotros. La sonda más rápida lanzada hasta el momento, Voyager I, que ya hatraspasado la zona planetaria y se dirige al espacio interestelar, viaja a unos17 kilómetros por segundo. A esa velocidad, una sonda necesitaría unos 75.000años para alcanzar Próxima. De las otras dos del grupo, un poco más lejanas,Alfa Centauro A es muy parecida al Sol, pero forma un sistema binario con AlfaCentauro B, un poco más pequeña, lo que significa que orbitan entre sí, lo cualcasi con seguridad distorsionaría una órbita de planeta lo necesariamenteestable y circular como para albergar vida. Para encontrar una estrella aptapara albergar un planeta con vida hay que mirar a Épsilon Eridani, a 10.5 añosluz, aunque, si se confirma la existencia de un planeta tipo Júpiter orbitandode forma elíptica la estrella, se dificultaría seriamente la posibilidad de unplaneta con una órbita más circular como el nuestro, y con ello la posibilidadde encontrar algún viviente. En un radio que llegue a 16 años luz encontramosdos estrellas candidatas, pero dos tienen bastante menos condiciones que elSol: una, Tau Ceti (11.8 años luz) tiene demasiado pocos elementos más pesadosque el helio como para poder encontrar planetas rocosos en los alrededores; laotra, Groombridge 1618 (15.8 años luz), parece –está sin confirmar aún– quetiene un planeta gaseoso de masa al menos cuatro veces la de Júpiter en unborde de la llamada “zona habitable” (donde puede haber agua líquida), y si esasí no permitiría a otro planeta rocoso más pequeño orbitar tranquila ycircularmente en esa zona.
Cada vez descubrimos más. Ya tenemos identificados más de quinientosexoplanetas, y muy pronto rebasaremos los mil. Lógicamente, hemos empezado porlo más fácil, planetas de gran masa –grandes bolas gaseosas que se miden en“Júpiters”– y planetas muy cercanos a la estrella que orbitan. La Tierra, asícomo cualquier planeta con esperanza de albergar vida, no encaja en ninguna deestas categorías, y de momento no se han detectado planetas del tamaño de laTierra en una órbita idónea para albergarla. Con todo, se avanza en estadirección. Ya hay unas 35 supertierras confirmadas, y casi 300 por confirmar,aunque en bastantes casos el método de detección no permite saber si sonsupertierras o minineptunos. También existen media docena de “tierras” porconfirmar; la más segura tiene una masa ligeramente superior a la de la Tierra(1.35), y orbita a una estrella muy parecida al Sol, pero está demasiado pegadaa ella (su año dura un poco más de un día), aparte de estar a la ya respetabledistancia de 127 años luz. Lo previsible es que aparezcan pronto unos cuantosplanetas rocosos de tamaño comparable al nuestro, y que serán anunciados contitulares del estilo de “encontrado un planeta como el nuestro”. Lo que se dirámenos es que la semejanza en solidez y tamaño es sólo un primer requisito, alque deben seguir muchos más. Y menos aún se cae en la cuenta de que todos estosdescubrimientos son la cara alegre de la moneda. La otra cara es que conformemás se ha descubierto, más se descarta. Se abren nuevas posibilidades, perocuanto más se conocen los requisitos necesarios para que se pueda encontrarvida, resulta que cada vez son más numerosos, y cada vez las posiblesesperanzas reales están más lejos.
Se podría replicar que, de la misma manera que avanza la detección, puedeavanzar el viaje. De momento, eso no es cierto: se ha descubierto mucho en losúltimos treinta años, pero Voyager I, lanzado en 1977, sigue siendo el vehículoespacial más rápido (New Horizons, lanzado en 2006, llegó a superarlopor muy poco, pero actualmente viaja a cerca de 16 km/s). Para alcanzarvelocidades que realmente permitan explorar un cuerpo celeste ajeno a nuestrosistema solar, hay que cambiar el actual sistema de propulsión, pues el cohetea reacción de propulsión por reacción química –lo que hoy se utiliza– no puededar mucho más de sí de lo que ya da. Esto se sabe desde hace mucho tiempo, ypor eso desde los años 50 ha habido investigaciones en marcha por parte denorteamericanos, rusos y británicos con el fin de hallar sistemas de propulsiónalternativos. Los proyectos que contemplaban microrreacciones atómicas encadena (Nuclear Pulse Propulsion) parecen ya descartados. Másprometedores han sido los motores de chorro de partículas (iones o plasma). Setrata de generar una corriente eléctrica que impulse a gran velocidadpartículas, que por reacción muevan el vehículo en dirección contraria, comocualquier cohete. El rendimiento es bajo, pero puede ser continuo, que es lo quehace falta cuando se trata de enviar una sonda a enormes distancias, y lo queno proporciona un cohete convencional. De hecho, rusos y norteamericanos lo hanexperimentado, aunque solamente para movimientos auxiliares y obteniendo laelectricidad de paneles solares. Los americanos declararon satisfactorio suexperimento; los rusos –soviéticos entonces– lo habían utilizado antes, nodijeron nada y sencillamente lo abandonaron. El panel solar no sirve conformese aleja la nave del sol, por lo que habría que sustituirlo por un reactornuclear. Todo esto no pasa del proyecto, y tendrán que pasar bastantes añoshasta que funcione debidamente. Además, por el momento los objetivos marcadosno van más allá de una velocidad unas diez veces mayor que la del Voyager.Tendrán que pasar bastantes años hasta conseguir propulsar una sonda que llegueen un tiempo razonable –menos de 100 años– a Próxima.
Por Julio de la Vega-Hazas Ramírez, sacerdote español del Opus Dei,doctor en Teología y licenciado en Derecho, miembro de la Red Iberoamericana deEstudio de las Sectas (RIES), y autor, entre otros, de los libros El complejomundo de las sectas (Grafite, Bilbao, 2000), El mensaje social cristiano(Eunsa, Pamplona, 2007) y Educar en la templanza (Cristiandad, Madrid, 2009).
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