Lo que hace dolorosa la experiencia del amor es que el mundo moderno nos exige que la felicidad suprema sea encontrada en el afecto carnal
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| Sexualidad: La felicidad no está en el afecto carnal |
Deseo comenzar este tema sobre la sexualidad y la castidad
con una lectura resumida del Evangelio de San Lucas, 24,
13-35, sobre los discípulos de Emaús:
"Iban dos... a... Emaús... y
conversaban entre sí... Jesús se acercó y siguió con ellos...
Él les dijo: "¿De qué discutís entre vosotros mientras vais
andando?" Ellos se pararon con aire entristecido... le dijeron: "Lo
de Jesús de Nazaret.... cómo le condenaron a muerte y
le crucificaron... Nosotros esperábamos que sería él el que iba
a liberar a Israel..." El les dijo: "¿No era necesario
que... Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?"
Y... les explicó todo lo que había sobre él en...
las Escrituras. Al acercarse al pueblo... él hizo ademán de
seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole ´Quédate con nosotros´...
Y entró... Cuando se puso a la mesa con ellos...
tomó el pan... pronunció la bendición... Entonces se les abrieron
los ojos y le reconocieron pero Él desapareció... Se dijeron:
"¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos
hablaba´...?".
Este Evangelio es siempre conmovedor porque Jesús rescata al alma
de la confusión sobre la felicidad. Los discípulos judíos cifraban
su felicidad en una fácil conquista de la libertad que
les negaba el imperio romano. Jesús se les une en
su camino diciéndoles que no hay felicidad sin amar la
cruz. Jesús les habla con la verdad, y sus corazones
estando dispuestos, lo entienden y responden con ardor a esa
verdad.
La ilusión y la desilusión son emociones intensas y frecuentes
en el joven; y esto en particular sucede en la
búsqueda del amor. Empezar a conocer y comprender que el
amor, bajo cualquier forma, es servir a los demás, no
es lo que hace dolorosa esa experiencia. Tarde o temprano,
se sabrá la verdad de que no hay felicidad si
no se busca el amor en la cruz, en el
sacrificio, y en la entrega de uno mismo.
Lo que hace
dolorosa la experiencia del amor es que el mundo moderno
nos exige que la felicidad suprema sea encontrada en el
afecto carnal. El mundo moderno objeta que se diga que
sí es posible el amor sin una relación de afecto
carnal con otro ser humano. El mundo moderno tilda entonces
de "fracasados en el amor" aquellos que guardan la castidad.
Pero, como en Emaús, Jesús nos dice que los que
le aman y le siguen, no fracasan nunca; por el
contrario, aman con el Amor de Dios, siempre ardiente.
Cuando el
amor divino desciende sobre el corazón humano, lo purifica como
se purifica el oro en el fuego. O como la
madera, el corazón humano, se quema, se oscurece y poco
a poco, va penetrando el fuego dentro de la madera
hasta que se convierte en antorcha para el fuego(1). Eso
es lo que Dios quiere de nosotros, que nos convirtamos
en antorcha de su amor, extendiendo su calor a cada
persona con que nos encontremos.
La castidad de la laica soltera,
bien sea durante su vida o hasta el matrimonio, es
precisamente amar al otro ser humano con el amor de
Dios; es amar con limpieza de corazón. Con el amor
de Dios, no se mira al otro ser humano para
tomarle para el placer ni para convertirlo en objeto del
placer; se mira al otro para dar y recibir de
nuestro propio amor, de nuestra vida, de nuestra persona. Y
es grande saber que la castidad no hace imposible la
maternidad. Por el contrario, en la transmisión de nuestra personalidad
y nuestro servicio hacia el otro ser humano, todas las
mujeres se convierten en madres espirituales de muchos. La castidad
tampoco significa negar la sexualidad femenina. La castidad hace uso
de ella, al poner sus atributos y cualidades propias al
servicio del amor auténtico y duradero.
La castidad es ética de
respeto por uno mismo y por el otro ser humano.
Si bien cada uno de nosotros adoptamos y requerimos una
ética de trabajo, de estudio, del deporte, de gobierno, no
es menos cierto, y es aún más necesario y profundo,
guardar una ética sobre la sexualidad.
Decir que el amor es
siempre libre y arriesgado es cierto. Pero decir que el
amor sólo será libre y pleno en la expresión carnal
desenfrenada es falso. Esto es sofocar el inmenso deseo de
amar verdaderamente. Y el amor verdadero es el aliento del
alma y la alegría del corazón. Sin ese amor, el
alma muere y el corazón se pervierte.
Sabemos que nuestra capacidad
de adhesión a la voluntad de Dios es lo que
medirá el grado de libertad que hayamos alcanzado(2). Por lo
tanto, la obediencia a Dios en la castidad es lo
que libera nuestro ser para amar ¡con plenitud!
En la castidad,
anclamos nuestro corazón primero al Corazón de Dios, antes que
a cualquier corazón humano. De esta manera, andamos seguros de
que nuestro corazón no desfallecerá nunca y amaremos mejor al
otro. Pero si nuestro corazón depende de otro corazón para
poder amar, siempre será un corazón errante o al menos
no tendrá paz. También es inevitable comprender que el alma
pertenece a Dios, y es sólo a Dios a quien
desea tener el alma. Ninguna otra persona puede llenar ese
lugar; y si el alma no tiene a Dios, siempre
suspirará, o estará inconforme en su vida, por ese Alguien
que le faltará.
Dios habla un idioma distinto al del mundo
sobre los componentes de la sexualidad humana:
El mundo habla de
entrega. Jesús añade: por la cruz.
El mundo habla de la
dicha del amor. Jesús añade: siendo perfectos en el amor.
El
mundo habla de madurez emocional. Jesús añade: siendo pequeños.
El
mundo habla de bienestar personal. Jesús añade: dándolo todo(3).
La castidad
es la aventura con Dios de amar a quienes Él
nos pone delante en cada circunstancia de nuestra vida. Si
nos negamos a practicar la castidad, nunca conoceremos el verdadero
amor.
Se dice que San Francisco de Asís, cuando hablaba con
alguien, le prestaba tal atención a esa persona, que esa
persona era la más importante para él en ese momento.
A San Francisco de Asís no se le escapaba la
dignidad de esa persona y se maravillaba pensando cuál sería
el plan de Dios para ella. ¡Eso es amor humano
auténtico!
Si queremos guardar la castidad, en un mundo que considera
locura amar con el Amor de Dios(4), es imprescindible la
oración. Es decir todas las mañanas: "Mi Señor, hágase tu
voluntad de amor en mí". Es caer de rodillas, extender
los brazos en forma de cruz, y pedir pureza de
corazón para ese día a la Madre del Amor Hermoso,
a Ella, que amó mejor que cualquiera otro en la
vida, diciendo: "María, Madre Admirable, Inmaculada desde la concepción, ruega
por mí".
Esta charla fue presentada en el Primer Congreso Internacional
por la Vida y la Familia en Chile, organizado por
Vida Humana Internacional y el Movimiento Anónimo por la Vida,
agosto de 1994.
___________________
Citas: 1. Adaptación: Ratisborne, Theodore, Abbé: "St. Bernard
of Clairvaux"; TAN Books and Publishers, Inc., Illinois, USA, 1991;
página 20. 2. Adaptación: Quoist, Michel: "Triunfo"; Tomo 2; Ediciones
Estela, España, octubre 1963, décima edición; página 93. 3. Adaptación;
Quoist, Michel: "Triunfo"; página 209. 4. Adaptación; Papa Juan Pablo
II: "Love and Responsibility"; Ignatius Press, California. USA, 1993; página
143.
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