Una esperada llamada anual que evoca el otro atentado

Torres Gemelas: 10 años. Todos los 11 de septiembre, desde 2001, el profesor Charles Lewis escucha del otro lado del teléfono la voz del sargento al que salvó en el ataque al Pentágono; nota VII de X
Por Silvia Pisani | LA NACION
WASHINGTON.- Hace nueve años que los meses de septiembre tienen, para el profesor Charles Lewis, un rito especial. Sabe que en algún momento de la primera quincena sonará el teléfono de su casa y que del otro lado de la línea estará un sargento para saludarlo, preguntarle cómo está y, en un silencio cargado de sentido, evocar el momento en que lo ayudó a mantenerse con vida.
'Empezó a hacerlo en el primer aniversario del ataque y, desde entonces, lo ha hecho todos los años. Son sólo unas palabras pero, cada vez que ocurre, vuelvo a vivir aquellos instantes de miedo y desesperación, vuelvo a respirar ese humo caliente y a cegarme con el polvo', afirma.
Lewis es un profesor de matemáticas, hoy retirado, que en la mañana del martes 11 de septiembre, caminaba cerca del Pentágono con la intención de alquilar una bicicleta en un negocio cercano. Su plan se desmoronó junto con la fachada del edificio alcanzada en el tercer ataque de aquella mañana. 'El otro atentado', como él lo define, en su diálogo con La Nación.
Para la memoria colectiva, el 11 de septiembre evoca inmediatamente la caída de las Torres Gemelas y el horror de la muerte televisada de casi 3000 personas en menos de dos horas. Pero ese día murieron también otras 184 personas en el tercer ataque, que tuvo como blanco la sede del Departamento de Defensa.
Casi desde ese mismo instante, una teoría conspirativa sostiene que el Pentágono fue atacado por un misil disparado por los Estados Unidos y no por el vuelo 77 de American Airlines que, con su tripulación y sus 124 pasajeros, fue secuestrado por terroristas suicidas para convertirlo en proyectil y embutirlo contra el edificio. 'Que la gente piense lo que quiera', dice Lewis.
Un cuarto avión, que cayó en un descampado en Pensilvania, se llevó la vida de otras 40 personas, convertidas hoy en 'héroes' por el gobierno norteamericano, que les reconoce haber doblegado a los terroristas que lo secuestraron e impedir que lo estrellaran contra algún blanco civil en esta ciudad. Fue el vuelo 93 de United Airlines.
En Washington, aquella mañana fatídica parecía prometer buenas cosas. 'Era un día espléndido. De cielo claro, no muy caluroso y yo no tenía clases', recuerda Lewis. En cuestión de segundos, todo se volvió pesadilla.
'Lo primero que escuché fue un ruido de motores como que se me venía encima y luego, enseguida, una explosión estruendosa. Lo que vi fue una enorme llamarada que se desprendía del edificio y una gruesa columna de humo negro', dice a La Nación, en una mañana tan soleada como la del ataque. 'A veces cuesta creer que pasaron diez años', dice, con la memoria hecha carne.
Recuerda que corrió hacia el edificio y, junto con él, corrieron otras personas. 'Había que ayudar', fue lo que se le cruzó por la cabeza. No tenía idea de cómo. No sabe cuánto tiempo transcurrió. Fueron largos minutos en los que no había ni bomberos ni rescatistas. 'Sólo gente tratando de ayudar a otra en medio de la confusión más espantosa', dice.
Vio personas con la piel tan quemada que le costaba decir si eran hombres o mujeres. 'Salían del edificio como zombies', describe. 'Era un escenario paradojal. De un lado aparecían personas como huyendo del infierno mientras que, del otro, había empleados que no habían sufrido ni un rasguño', cuenta. Supo después que, ese día, había 18.000 personas trabajando en el enorme complejo de cinco frentes.
Uno de ellos era el sargento, al que vio por primera vez hecho un manojo de carne chamuscada. 'Corrí a sostenerlo y me quedé con él hasta que llegaron los paramédicos. Yo pensé que se moría. Recé con él', dice Lewis.
Hoy, ambos hombre están unidos por un mismo recuerdo de espanto, solidaridad y supervivencia. 'No somos los únicos', asegura. Un recuerdo al que se le rinde tributo con el llamado telefónico de rigor. Separados hoy por miles de kilómetros, no volvieron a verse cara a cara nunca más.
La charla, en cambio, se desarrolla cerca del Museo Nacional de Historia Americana donde, por primera vez, acaba de montarse una pequeña exhibición con objetos evocativos de la tragedia .
Lewis viene de recorrerla. 'En realidad, no pensaba ir. Pero, finalmente, di una vuelta', dice. Cuenta que lo que más le llamó la atención fue una postal escrita por una pasajera del vuelo 77. Un texto de pocas líneas en el que una mujer, de nombre Leslie Whittington, se despide de su hermana Sara, minutos antes de emprender viaje junto con su marido y sus dos hijas, de 8 y 3 años y le deja la dirección de su casa de veraneo para que vaya a visitarla.
'Mientras hablo con Usted, no puede dejar de pensar en esa chica, recibiendo la postal de su hermana muerta' dice. 'No puedo dejar de pensar en el mal que hicieron esos 19 terroristas, y en la bondad y en la enorme solidaridad que vi en aquella mañana de espanto'.
® LA NACION
Tags: MEMENTO 11- 9